miércoles, 21 de diciembre de 2011

Lecturas adolescentes

Leía hace un par de semanas el artículo publicado en Babelia -suplemento cultural del diario El País- bajo el título Una tribu de letras, con el que reforzaba mi idea sobre lo necesario de fomentar el hábito lector desde la más tierna infancia.

Recordaba entonces dos hechos contrapuestos: una alumna a la que dí clase hace un par de años, que afirmaba (aparentemente orgullosa) que no leía más que por obligación académica; y muchos viajes en metro, en Madrid, rodeada de personas de todas las edades con un libro en las manos. La primera me sorprendió, no precisamente en positivo, porque se trataba de una buena alumna (académicamente hablando) que además deseaba ser maestra. Y me hizo preguntarme, una vez más, qué está fallando en la escuela para que nuestros alumnos y alumnas parezcan leer tan poco. El segundo hecho, sin embargo, y el artículo al que aludía más arriba, nos hacen pensar que no todo está perdido y que hay niños y niñas, adolescentes y jóvenes que sí leen. Sin embargo, una vez más, nos encontramos con un país de absolutos contrastes: o no se lee nada, o se lee mucho (se devoran libros, en palabras de una de las entrevistadas en el artículo de El País). 

Personalmente he sido una de esas devoradoras de libros, algunos propios pero muchos de ellos de la biblioteca de mi ciudad o de la del colegio. Recuerdo tardes de infancia y adolescencia con un libro en las manos, disfrutar desconectada del mundo y los que me rodeaban, abstraerme de la realidad para compartir las aventuras y desventuras del protagonista de turno. Recuerdo también muchos años en Madrid aprovechando los tiempos muertos de transporte público para seguir devorando la prensa diaria (gratuita o no) y la novela que me acompañase en ese momento, siempre con un libro en el bolso para robarle al tiempo cinco minutos de metro, andén o escaleras. Y recuerdo cómo hace no demasiado tiempo comentaba con una amiga que echo de menos esos desplazamientos porque ahora, para leer, tengo que buscar y encontrar un tiempo específico que cada vez es más esquivo: siempre hay algo que estudiar, que ver en la televisión o que buscar en la web. Aún así, le arranco horas al día para pasar alguna que otra página, para disfrutar, para desconectar de mi realidad y emocionarme, reír o llorar con las vivencias de terceras personas.

Y es que, en cualquier edad y momento, lo importante es leer. Da lo mismo el soporte (libro tradicional, electrónico, cómic o revista) y también el contenido: lo importante es leer, porque empezar a leer es el primer paso para desarrollar la afición, el gusto por la lectura. Y, sobre todo, porque la lectura es una ventana abierta a nuevas realidades, a abrir miras, a ampliar fronteras, a descubrir nuevos mundos, a dejar de lado por un momento la crisis y los problemas económicos para adentrarnos en realidades ajenas. 

Lo importante es leer porque, como decía Borges, los libros son la extensión de la memoria y la imaginación. Leamos para aprender pero, sobre todo, leamos para disfrutar.

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