Quizás se convierta en tradición el que las ministras españolas, en algún momento, aparezcan en las noticias no por lo que hacen sino por lo que dicen, haciendo un mal uso del lenguaje. Primero fue Bibiana Aido, Ministra de Igualdad, cuando en 2008 habló de miembros y "miembras"; hoy ha sido Ana Mato, recién estrenada Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, al condenar el asesinato de una mujer a manos de su marido como "violencia en el entorno familiar".
El lenguaje es una construcción social, arbitraria, y como tal va sufriendo avances y modificaciones. Cada año la Real Academia Española introduce nuevos términos en el Diccionario, revisa la Gramática y la Ortografía, amplía el Diccionario panhispánico de dudas. Pero también se dejan de usar ciertos términos por su carga peyorativa y discriminante para usar otros inclusivos y respetuosos con las diferencias y condiciones individuales (p.e., hoy hablamos de personas con discapacidad intelectual y no de deficientes).
Las palabras nombran las cosas, y no da lo mismo llamarlas de una manera o de otra. La hoy alcaldesa de Madrid, Ana Botella, ya en 2005 mostraba su rechazo a los matrimonios homosexuales estableciendo un símil con la suma de peras y manzanas: afirmaba que la unión de hombre y mujer es matrimonio, pero la unión de dos hombres o dos mujeres nunca podría ser matrimonio sino algo diferente. Sin embargo la Ley 13/2005 decía lo contrario, equiparando los matrimonios entre personas del mismo sexo a la unión tradicional entre personas de sexo diferente.
La violencia por cuestión de género no es identificable a violencia en el entorno familiar, por más que en ocasiones aquélla ocurra en éste. Porque la violencia de género implica desigualdad, desprecio, consideración de inferioridad a la mujer por el mero hecho de serlo, mientras que la violencia en el entorno familiar no tiene por qué implicar el componente de género.
Las palabras nombran, y cuando se usan en la denominación de una Ley se han elegido de manera cuidadosa, por ser más adecuadas y pertinentes que otras: si elegimos las correctas, lograremos hacernos entender; si erramos en esa elección, confundiermos a quien nos escucha. Por eso sí importa cómo llamemos a las cosas.
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